Un fragmento sobre Rilke y una nostálgica descripción de la alameda de Ronda, por Carolina-Dafne Alonso-Cortés



Carolina-Dafne Alonso-Cortés Román es una señora que ha dedicado su vida a la letra impresa. Por una parte, trabajó en el archivo histórico de Simancas y en la Biblioteca Nacional; por otra, ha escrito una gran colección de novelas, cuentos y ensayos (merecedores, muchos de ellos, de importantes premios), colección que a sus 79 años sigue, prodigiosamente, enriqueciendo. Así, hace dos publicó su última novela, Gladiolos y Rosas (editorial Knossos), cuya acción transcurre en gran parte entre Montajaque y Ronda y que recomendamos calurosamente porque se trata de un texto muy ameno que se lee con muchísimo gusto, disfrutándose de las mil peripecias de una saga familiar desde la Guerra de la Independencia, con una narración ágil sazonada con gran número de hechos idiosincrásicos y dichos populares de nuestra tierra.

¿Y por qué la novela transcurre en estos lugares? Sencillamente porque Dª Carolina-Dafne es oriunda por línea materna de la primera localidad y porque en su infancia conoció muy bien la segunda hasta que, a la edad de 9 años, se trasladó a Valladolid, donde vivió con su abuelo, el académico de la Real Academia Española Narciso Alonso Cortés, en la calle Núñez de Arce, treinta y cuatro, que es precisamente el título de su primera producción literaria (nótese que hemos enlazado sus obras con el repositorio de Google Books, y es que esta autora ha permitido el acceso público a lo que ha escrito). Más abajo reproducimos una nostálgica descripción de la Alameda de Ronda y de los juegos infantiles de la autora allí que aparecen en dicho libro.

Además, en Núñez de Arce, treinta y cuatro, Carolina-Dafne Alonso-Cortés dedica un pequeño homenaje al poeta Rainer Maria Rilke en su estancia en Ronda mediante el texto que transcribimos a continuación (con su amable permiso) con motivo de cumplirse el centenario de aquella visita. La autora recurre a textos de Rilke escritos en Ronda (cartas de su Epistolario español y poemas de la Trilogía española).

Por hoy, acabaremos diciendo de Carolina-Dafne Alonso-Cortés que gusta de escribir novelas históricas, recomendando especialmente El jardín de los Borgia, en el que la autora trata de manera rigurosa la historia de Lucrecia Borgia, hundida por Víctor Hugo como Robert Graves arruinó la figura de Livia en Yo Claudio o Alejandro Dumas la de la reina Margot y su madre. A Dª Carolina-Dafne, por otro lado, le gusta la intriga, y siempre trata de poner aunque sea una pizca en sus novelas. Ella es especialista en Agatha Christie.


Sobre Rilke


VOZ:
En aquel tiempo el vientre de la tierra se abrió, su seno se rajó de parle a parte, las carnes de la tierra emergieron de la profundidad del agua. Y allí quedó el abismo, marcado sobre los cielos recientes. Quedó la grieta profunda, serpiente de los abismos.


RILKE:
Fuerte, tranquila Iuminaria, en el límite
colocada: arriba la noche se hace exacta.


VOZ:
¡Qué es esto que me rebosa por los ojos, por la boca. por la punta de los dedos. por cada milímetro de piel!


RILKE:
De esta nube, mira: la que a la estrella
así impetuosamente oculta, que estrella ahora fue (y de mi)
de esta serranía al fondo, que, noche ahora
vientos nocturnos tiene por un tiempo (y de mí)
de este rio en lecho profundo, que el destello
de un claro de cielo desgarrado aprisiona (y de mi)
de mí y de todo esto hacer una sola cosa, Señor.


VOZ:
Señor..


RILKE:
de los que duermen,
de los desconocidos ancianos en el hospicio
que con importancia tosen en las camas, de…


VOZ:
No me interesa la poesía, nunca me interesó la poesía, me aburre soberanamente la poesía, y los libros eruditos se me caen de
las manos.


RILKE:
Una pequeña ciudad sin monumentos dignos de mención, a no ser el monumento perenne de toda su existencia, de toda su actitud, de su emplazamiento hacia lo más heroico, en la medida en que se puede pensar, encaramada a manos llenas sobre un enorme y peligroso promontorio de rocas… se yerguen al fondo las montañas formando un amplio círculo.


VOZ:
iOh Rilke, hermano de princesa!


RILKE:
El incomparable fenómeno de esta ciudad, asentada sobre la mole de dos rocas cortadas a pico y separadas por el tajo estrecho y profundo del río…El espectáculo es indescriptible, y a su alrededor, un espacioso valle con parcelas de cultivo, encinas y olivares. Y allá al fondo. como si hubiera recobrado todas sus fuerzas, se alza de nuevo la pura cordillera, sierra tras siena. hasta formar la más espléndida lejanía.


VOZ:
En invierno los vientos silbaban a través de los arcos del Puente Nuevo, revoloteaban las capas colegiales, volaban las cuartillas, las faldas se arremolinaban, se alzaban.


RILKE:
Es un sitio incomparable, un gigante hecho de rocas que soporta sobre.las espaldas una pequeña ciudad, blanqueada y reblanqueada de cal. Sorprendente y antigua Ronda…


VOZ:
En verano, al mediodía, un sol de castigo derretía las piedras.


RILKE:
Un desbordamiento de casas blancas, una opulencia de reservas de la naturaleza.


VOZ:
Muy de mañana, el vuelo de los grajos sobre el abismo y sobre
las grietas negras sin fondo.


RILKE ;
Hombres expuestos a la plenitud del influjo cósmico, ajenos al
apremio de los acontecimientos.


VOZ:
Ser duro, ser brillante como el cristal de roca.


RILKE:
En el jardín del hotel los macizos están llenos de iris españoles de un intenso azul celeste, y fuera, en el campo, florecen los almendros. Hoy, después de haber visto estas montañas, estas laderas abiertas de par en par en la atmósfera más fina… este ascender y descender, abierta aquí y allá de tal modo sobre el abismo que ninguna ventana osa mirar hacia él...


VOZ:
Tú no tienes nombre, Señor. Tu nombre es El Señor. Tú, que envías el castigo desde orien1e, con el sol.


RILKE:
Cabalgar, cabalgar, cabalgar a través del día, a través de la noche, a través del día.
Cabalgar, cabalgar, cabalgar. ¡Y el brío ha menguado tanto, y es tan larga la nostalgia! A veces, de noche, uno cree reconocer el camino.


VOZ:
Yergue los brazos hasta el cielo, yérguelos, hasta que: crujan tus huesos.
Que tus dedos crispados lleven al Señor tu angustia.


RILKE:
Al instante sube ya esta tribulación y lo invade todo y lo deja privado de consuelo.


VOZ:
iOh Rilke, gemebundo Rilke, con olor a palomas en vuelo, a incienso y a sacristía!


RILKE:
Y no obstante, ojalá que cuando solitario me halle de nuevo
en medio de la aglomeración de las ciudades y de la enmarañada
madeja de ruidos. en medio del laberinto de vehículos,
ojalá que, por encima del espeso bullicio ciudadano,
vuelva a mi el recuerdo del cielo y el térreo borde de la montaña.



Sobre las vivencias infantiles de la escritora en la Alameda


Desde arriba los caminos. las tierras y el río sobre su lecho pedregoso formaban un mosaico multicolor, tan familiar. Las personas en el fondo cobraban proporciones de insecto movedizo, bajo el inmenso muro terroso. Y junto al río los molinos blancos con pequeñas bocas vomitando espumas diminutas. Dejando resbalar la mirada, valles verdes, suaves montículos punteados de encinas, desniveles elevándose poco a poco más y más como en telones diferenciados, ondulaciones grises, azuladas, violeta, en una sucesión infinita de planos superpuestos, desdibujados; y destacando sobre las cadenas suaves, cumbres abruptas. cortes solitarios.

Rompiendo la armonía de curvas se levantan, gemelos como dos pechos puntiagudos, los dientes del Hacho y Tabizna, oculto en la lejanía el agreste salvajismo de sus flanco lisos, arropando en su seno el pueblecito acurrucado. Más allá, tras la línea que marca el horizonte, el sol se hunde cada tarde con el estallido de un inmenso órgano.

Balcón inaudito, balcón único donde corríamos de niñas sobre el abismo. Balcón cuadrado, enorme, como una terraza suspendida, altos barrotes de hierro forjado protegiendo nuestros juegos al borde de la alameda, junto a los pilares pétreos rematados de grandes bolas de granito. Jugábamos entre los macizos, colándonos por entre las calvas que se abrían en la hojarasca, haciéndonos polvo las rodillas contra la arenilla pedregosa de los paseos laterales, sobre el cemento áspero del paseo central, junto al templete de la música o a la gran pileta donde nadaban tres o cuatro gruesos peces rojos. O junto a la casa de los guardas, o al otro lado, donde estaba el kiosco que ostentaba la oronda denominación de "Biblioteca". Y el estanque. Y el árbol grande en el centro de la plazoleta alargando sus ramas como radios de una enorme sombrilla.

Desde la alameda, bordeando la cornisa sobre el Tajo, el Paseo de los Ingleses con remembranzas de Joyce o de Rilke, como un sendero que bordeara el fin del mundo, estrecho pasaje protegido tan sólo por un murete bajo, donde se asoman las chumberas: higos rojos, cuajados de espinas, suspendidos en el infinito. Todo formando parte de nuestras pequeñas vidas: abismo, horizontes, cordilleras que se pierden en la lejanía, y la explosión de oros rojizos, bermellones transparentes, fuegos cegadores, jirones ígneos, incandescentes, el sol sumergiéndose pesadamente a lo lejos, tras la línea última.

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Imagen: andaluciainformacion.es/

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