“El retrato oval”: la caída de los zares (en homenaje a los cien años de la revolución rusa)

 PEDRO GARCÍA CUETO

Resultado de imagen de el retrato oval gil albertComienza El retrato oval con la visión de un mundo en decadencia. No nos extraña, ya que Gil-Albert ha sentido predilección por expresar el mundo decadente de la literatura, al elegir el cine de Visconti y sus geniales adaptaciones de novelas como El gatopardo, clara alusión a la decadencia de la aristocracia siciliana o su visión del mundo de la opera y los valses en los años de su juventud en Crónica General.

Ahora le toca el turno a los zares y en eso consiste este retrato oval, una especie de crónica de los hechos que desembocaron en la caída de los zares y la Revolución Rusa de 1917.

Cuenta Gil-Albert el momento en que se despertó ese deseo por conocer los hechos del destino de los zares y de la Rusia de principios del siglo XX. El escritor habla en el libro de una foto ovalada (lo que da título al mismo) vista en una revista cuando Juan solo tenía 12 años, en 1916. Es entonces cuando el escritor abre el cofre del conocimiento y se interesa por el antiguo mundo de los zares. Lo que Gil-Albert hace, para poder escribir el libro, es documentarse y así poder contarnos su visión de un mundo de esplendor que entró en terrible decadencia.

El escritor alicantino narra el mundo y el ocaso trágico de los últimos zares, Nicolás II de Romanof y Alicia de Hesse (Alejandra en su bautismo a la Iglesia ortodoxa), asesinados en 1918, por orden del soviet de los Urales, en la destartalada casa del comerciante Ipatief, en Ekaterimburg.

Lo que Gil-Albert relata no son solo los hechos, sino el destino terrible que una dinastía aristocrática, en el convulso mundo del siglo XX, podría tener. Hay un sino trágico en la familia del zar por hallarse en una época de grandes cambios para el mundo.



La pitonisa Madame de Thébes, en un momento de la narración, ve en una visita del zar Nicolás a París algo en sus ojos, un signo de la desgracia que se avecina.

El escritor alicantino describe el valor que ese mundo de lujo, de riqueza, tuvo en el siglo XIX, y el creciente odio que el pueblo empezó a sentir ante un mundo de privilegios. La miseria del pueblo se eleva en contraste a la opulencia de esa aristocracia destinada a desaparecer.

¿Qué atrae a Gil-Albert de todo esto? La respuesta nos la ofrece Luis Antonio de Villena en el prólogo al libro: “A Juan Gil-Albert le cautiva ese orbe de anacrónico bizantinismo y de fasto cruel e inmenso, porque necesita que el ejemplo ético, que su componente de reflexión histórica se acompañe de estética, de atracción por un mundo en el que la belleza signifique en sí misma…” (Luis Antonio de Villena, 1977: 19).

Por tanto, Luis Antonio de Villena nos da la clave para entender este libro, hay un principio ético, de denuncia del mundo decadente de los zares, y un principio estético, de fascinación por sus fiestas, sus ropas, etc. Todo ello, hace aún más interesante esta unión, la ética como ruptura de una estética que había hundido al pueblo y que necesitaba ser anulada. En Gil-Albert aparece el deseo de progreso (en su ética) pero también un deseo de volver a lo pasado, a lo ya ido (en su estética).

El escritor alicantino cuenta en la novela su fascinación por el tema, viene de ese encuentro adolescente con el retrato y merece la pena recogerlo aquí: “Una señora bellísima, sentada en un sillón moderno, tapizado, más bien bajo, dejaba vagar hacia la cámara una mirada clara, de flotante tristeza, que confería a su fisonomía una preocupación y un interés singular” (Juan Gil-Albert, 1977: 25).

El escritor habla en el libro no sólo de ese encuentro, sino también de su voracidad adolescente por el tema: “Quise saber e indagar, lo que abrió para mí un índice de lecturas que, en un momento dado, debió convertirme, con respecto al tema, en el más informado de los hombres” (Juan Gil-Albert, 1977: 38).

Gil-Albert lee todo lo que llega a sus manos sobre el mundo de Rusia, libros de estadistas y diplomáticos, entre otros. Su curiosidad no tiene límites, por ejemplo, el libro del conde Sergio Witte, personaje apasionante porque hizo descarrilar el tren donde viajaba la familia imperial, para ser después el conductor del transiberiano que comunicó la Rusia Europea en el puerto de Vladivostok, lo hizo atravesando la inmensa Siberia.

Llegará a ser este personaje primer ministro. Para el escritor es importante el libro de Witte porque clarifica el mundo de los zares, señala sus debilidades y sus excelencias y le abre el camino a la obra que va a escribir. Lo llamará “conservador”, pero en la novela de Witte éste ataca al zar con dureza, lo enjuicia como hombre.

El libro de Gil-Albert no tiene desperdicio, aprendemos acerca de los zares y nos cautiva como expone y analiza el escritor las situaciones que propiciaron la caída del zarismo, señalando sus principales antecedentes.

Hay retratos excelentes como el de Rasputín: “Rasputín es más grande que alto, y sus lacios cabellos oscuros le caen sobre las mejillas y la barba” (Juan Gil-Albert, 1977: 73).

Lo que nos sobrecoge al leer esta obra es la franqueza con que Rasputín manifiesta la injusticia a la que está sometido el pueblo: “¡Ni un solo kopec llega al campesino! Dinero fluido que se evapora. ¿Dónde está?” (Juan Gil-Albert, 1977: 75).

Lo que también nos interesa son los comentarios de Gil-Albert, conocemos así su ética, la que circula a través de los renglones y sirve para testimoniar que ese mundo no podía durar siempre: “Ellos (la familia del Zar) eran una entidad pública, no una familia privada; y su profunda aspiración a la intimidad se les fue convirtiendo en una propensión morbosa al aislamiento” (Juan Gil-Albert, 1977: 79).

Considera el escritor que “el Zar no debe tener vida propia, sino representativa” (Juan Gil-Albert, 1977: 79). Como vemos, enjuicia la propensión de Nicolás II y su familia al retiro en la casita de Virubova, acontecimiento que enardeció al pueblo, ya sojuzgado por la desigualdad y ahora, más linchado por la no representatividad del zar, por la ausencia de sociabilidad.

Va a resultar estremecedor el momento en que la familia real iba a ser asesinada: “El Ejército había abandonado al Zar; preguntado al parecer de cada uno de los jefes de los de los cuatro frentes, la respuesta fue unánime: Nicolás II debía abdicar” (Juan Gil-Albert, 1977: 124).

La historia termina con la ejecución de Nicolás II y la Zarina, pero hay unos textos complementarios a esta obra que sí me parecen interesantes de comentar, porque descubren nuestro verdadero objetivo: conocer el interés de Gil-Albert hacia el mundo de los zares.

El escritor alicantino lo dirá muy claro en estos textos, su interés por relatar ese mundo y su trágico final se explica precisamente por eso, por su dimensión trágica. Lo que fascina a Gil-Albert es el descubrimiento de esa riqueza destinada a perecer, como si fuese una traducción de la vida misma: rica en ofrecimientos, pero también cruel e irrevocablemente destinada a la muerte.

El escritor de Alcoy lo afirma muy claramente en estos textos: “Porque eso es lo que sucedió en mí, que, a la belleza que me sorprendió en el retrato oval, digamos, la armonía de un conjunto humano y que, como una emanación, había impregnado mi gusto, se unía ahora, como una capa cualitativa, la del suplicio” ( Juan Gil-Albert ,1977: 131).

El escritor expresa en ese descubrimiento que le incita a indagar sobre el mundo de los zares, un sentido en el que se combinan la belleza y el horror. Hay, para Gil-Albert, una aparente alegría en el retrato que no hace presagiar el mundo terrible que cercenó esa opulencia y ese derroche inigualable. No elude el escritor el fatum, ese destino que la pitonisa deja caer, como maldición, a los ojos del zar en su viaje a París.

Es muy interesante en estos textos complementarios la reflexión que el escritor hace de lo privado y lo público, de qué manera incide el mundo público en el privado y desata otras acciones distintas a las previstas. Lo señala muy bien en el libro: “Coincidente con la conmemoración del suceso histórico, me ocurre a mí el hecho privado de tener que desalojar una casa en la que hemos vivido aproximadamente tantos años como los que cumple la revolución” (Juan Gil-Albert, 1977: 179).

Se refiere a la casa de El Salt, donde tuvo que mover libros, muebles, parte importante de su mundo y, además, todo aquello que leyó sobre la Revolución Rusa y la Rusia de los zares. Ese cambio de lugar, de espacio, es analógico al hecho público de la vida, lo que conocemos por los medios de comunicación y que tienen que ver con esas decisiones que suponen cambios irremediables para el mundo.

Para terminar este repaso a la novela (sin entrar en los detalles acerca de los personajes, que harían al estudio exhaustivo) me quedo con las palabras de Luis Antonio de Villena, en su muy acertado prólogo, cuando dice sobre la novela lo siguiente: “Y es ésa, quizá, la médula más profunda de El retrato oval, su carácter de exiemplo” (Luis Antonio de Villena, 1977: 17).

¿Qué pretende decir Villena con este concepto medieval? Él nos lo aclara, porque alude ni más ni menos que a esa confluencia del mundo de los otros en el nuestro, de lo privado en lo público o viceversa: “Es decir, de mostrarnos un suceso notable de la vida como imagen de esa misma vida. Actitud que es, sin duda, moralista, pero no. En este caso, al modo cristiano, sino en el camino de la ética civil y pagana-postaristotélica- que hemos constatado ya en Juan Gil-Albert” (Luis Antonio de Villena, 1977: 17).

Acierta claramente Villena, la ética del escritor está inmersa en el libro, se trata de una crítica nunca religiosa, sí de carácter pagano a un mundo que no ha dado ejemplo, pero que le fascina en su grandeza y en su decadencia. Me refiero al mundo que termina con esa opulencia de los zares y que abre un nuevo período de la historia.

Para terminar, es importante señalar que Gil-Albert publicó este libro en 1977, pero como ocurrió con gran parte de su obra, fue escrito antes. En las conversaciones entre Luis Antonio de Villena y el escritor alicantino, le confesó éste último que la segunda parte, donde se incluyen los textos complementarios y donde añade más comentarios autobiográficos, fue escrita antes, hacia 1964. Sin embargo, la primera parte, eje básico del libro, donde cuenta los acontecimientos históricos ocurridos y sus antecedentes, se escribió entre 1970 y 1971, año en que algunos de sus capítulos se publicaron en el dominical del periódico de Valencia Las Provincias, concretamente entre agosto y noviembre de 1971.

Curiosos datos para conocer la composición de este estudio donde la segunda parte constituye, por su fecha de creación, una especie de prólogo a la primera parte, eje central del libro.

Concluyo, diciendo que el libro reporta dos cualidades básicas en Gil-Albert: la visión estética de un mundo de lujo que es retratado en su esplendor y la visión ética que lleva al escritor a entender la decadencia de un sistema injusto para el pueblo. Y, además, queda clara la idea de que Gil-Albert sigue anclado en un pasado, pero también vive un presente que no elude los cambios a favor del progreso y la justicia social.

CONCLUSIÓN: EL RETRATO OVAL

El retrato oval es un excelente estudio donde el escritor alicantino logra transmitir su pasión por el tiempo de la aristocracia. Todo comienza con un retrato que sirve de excusa para adentrase en el mundo de los zares y en su decadencia.

No sólo es importante el cuidado estilo de Gil-Albert, sino también su fidelidad a los hechos históricos, su afán de documentalista, lo que enriquece esta obra. Nos informa de una obra del conde Sergio Witte, personaje singular porque hizo descarrilar el tren donde viajaba la familia imperial hasta conseguir ser primer ministro de su país.

El escritor alicantino es consciente que el mundo fastuoso de los zares tiene también su miseria, como puede verse en el libro, cuando apenas les interesa el pueblo que se muere de hambre, mientras ellos viven en la abundancia.

Esta obra refleja muy bien el sentido estético del autor, ya que profundiza en el mundo de las fiestas y el lujo, pero por otro lado, mantiene su postura ética, al condenar los excesos a los que ha llegado la aristocracia.

El retrato oval es, por encima de todo, un encuentro de Gil-Albert con la historia que tanto le interesó. Al reflejar el pasado, como lo hizo al admirar a Visconti y a la novela de Lampedusa El Gatopardo, destaca el lujo y sus sombras, ya que detrás del mundo de la aristocracia italiana subyace la misma grandeza y parecida miseria que en esta obra, donde cobra protagonismo el mundo de los zares.

El escritor alicantino es consciente de que no hay vuelta atrás, pero, para perpetuar el mundo fastuoso que describe, es necesario utilizar la memoria, recrear, al fin y al cabo, aquello que vivió o que le hubiese gustado haber vivido. 

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