Un paseo por el ayer: “Memorabilia”, de Juan Gil-Albert

PEDRO GARCÍA CUETO

Resultado de imagen de memorabilia gil albertMe detengo con entusiasmo en Memorabilia, todo un pequeño tesoro donde Gil-Albert nos regala sus impresiones sobre poetas que ha conocido a lo largo de una época, señala incluso un período (1934-1939) donde estos encuentros tuvieron lugar.

Publicado por primera vez en Cuadernos Marginales en 1975, Memorabilia es una evocación, como lo fue también la Crónica General o Los días están contados.

Se compone de importantes apartados como “Concierto en mi menor” o “La trama inextricable”. El primero es un homenaje a Marcel Proust y el segundo a Azorín. Pero voy a detenerme en el apartado que él mismo llama Memorabilia porque me interesa profundizar en su visión estética de las personas que conoció en su vida.

Aunque no respete el orden de la aparición de personajes, mi propósito es alumbrar con el buen gusto de su prosa algunas evocaciones, sin duda, inolvidables.

Mi primera gran impresión llega tras leer las consideraciones que hace sobre su buen amigo, el pintor Ramón Gaya. Dice así en el libro: “Ramón Gaya cuenta, para mí, y con papel preponderante, entre aquellos encuentros que suelen ser, para nuestra formación, definitorios. Nadie como él había dejado en mí mayor sedimentación a través de un trato diario, de un estar juntos…” El pintor representa, para Gil-Albert, una persona que ha convivido con él, le ha comprendido: “la afinidad nos aprieta, nos compenetra” (Juan Gil-Albert, 2004: 143).

Para el escritor, esta afinidad tiene que ver con el talento, con el don de artista y esta cualidad siempre conlleva riesgos: “De ahí que los afines, al contrario de lo que pudiera creerse, soportan mal la convivencia, y que choques inevitables originan en ellos distanciamientos, cuando no rupturas definitivas” (Juan Gil-Albert, 2004: 144).

Califica el escritor alicantino a Ramón de “iracundo”, como si su tranquilidad de pintor, su reposo ante el arte, se rompiera, a veces, con un estallido de furia.

Todos sabemos que no es un caso aislado, también Picasso tenía mal carácter, como hemos podido leer en algunos de los libros dedicados a él, y otros grandes de la literatura son conocidos por su mal genio, recordemos la dificultad comunicativa de Luis Cernuda que demostró, muchas veces, un carácter intratable.

El escritor alicantino es también crítico, pero alabando la naturalidad del pintor murciano, con la pintura de Gaya, cuando dice lo siguiente: “Y, esto ocurre en virtud de que la pintura de Gaya no descubre nada nuevo, no lo pretende, su pretensión reside en aquilatar lo antiguo, lo que podríamos considerar, incluso, como convencional por muy aceptado, llamar verde a lo verde, suave a lo suave” (Juan Gil-Albert, 2004: 145).

Considera a Gaya un hombre inmerso en el esteticismo como objetivo primordial de su arte, capaz de captar la belleza de lo sencillo, como lo fue también Gil-Albert: “Posee pasión estética tal vez más entrañable que la entrega sentimental” (Juan Gil-Albert, 2004: 145).

Hay un punto donde ambos coinciden, me refiero a la posición de críticos, tanto Gaya como el escritor alicantino han hecho crítica literaria y han coincidido en la valoración de un hombre no muy recordado, me refiero a José Bergamín. Es interesante citar en este estudio la forma en que Gaya y Gil-Albert ven a Bergamín.

Veamos la impresión de Gaya sobre Bergamín: “Bergamín no se colocará jamás delante o enfrente de una obra- ése es siempre el mal lugar del ensayista, del crítico- sino que lo veremos circular amorosamente por ella, por entre sus pasillos, sus habitaciones, sus patios…” (Ramón Gaya, 2003: 130).

De esta forma tan notable nos retrata a Bergamín, no como crítico que busca el punto débil de la obra, sino como poeta, haciendo lirismo de lo que ve y siente.

El pintor murciano considera poeta a Bergamín, pero, además, dotado de un don que llega al arte y lo hace brillar con su sola presencia: “Es algo como un regalo, como un premio que la poesía recibe” (Ramón Gaya, 2003: 130).

Para Gaya, definitivamente, Bergamín es un artista de la palabra que se enamora de lo que escribe, consiguiendo no ya una crítica mediocre, sino algo más allá, una obra de arte. Por ello, dice lo siguiente: “Y Bergamín sabe que el milagro puede brotar, producirse, depositarse en el rincón más modesto e incluso más deleznable” (131).

Se acerca Bergamín a la obra de arte con fe y consigue extraer ese jugo que hace hermoso un texto, porque él interviene para embellecer aún más el encanto de la palabra en aquello que le emociona. Sin duda alguna, hay una preponderancia del estilo en la línea de Gil-Albert.

Veamos ahora la impresión que nos ofrece el escritor alicantino acerca de Bergamín en Memorabilia. Se observa que define el talento de Bergamín de forma distinta a Gaya, pero subyace el mismo aprecio por su obra: “Quien siga a Bergamín es atraído por un estrecho corredor en zigzag que le conduce siempre a un inesperado punto vulnerable. Aquel día pronunció un monólogo dialéctico, sé lo que me digo, en el que fuimos a dar, hábilmente, con la viva antítesis soledad-aislamiento” (Juan Gil-Albert, 2004: 180).

Se refiere a las jornadas que tuvieron lugar en Valencia, con motivo del Congreso de Escritores. Ocurrió ya empezada la Guerra Civil y los secretarios de tal evento fueron Emilio Prados, Arturo Serrano Plaja y el mismo Gil-Albert. Vinieron escritores de varias partes del mundo, entre ellos Tristan Tzara, el impulsor y creador del movimiento dadaísta.

Como vemos, Bergamín es retratado en su esencia de escritor que hace poesía del lenguaje en prosa, incluso en otra página del libro dirá Gil-Albert que el lenguaje de Bergamín tiene que ver con la procedencia figurativa, y musical, del arabesco.

La comparación arte-literatura, el deseo de entregarnos una impresión de la cualidad innata para crear de Bergamín, es un regalo que nos ofrecen Gaya y Gil-Albert en sus libros ya comentados.

Para que no quede duda alguna de la maestría del escritor madrileño ante el lenguaje, de su labor que va más allá del ensayismo, cito unas hermosas líneas que dedica el escritor al mundo del toro.

Estas líneas pertenecen al artículo de Bergamín titulado “Arte mágica del toreo”: “En el toreo, como en el baile, se proyecta siempre una sombra de mentirosa emoción humana engañadora que es su trampa viva: erótica en la danza; mortal en el toreo. Es sombra que cubre con su vuelo de sangre nuestros ojos, nuestra mirada, para ocultarnos, con pretexto de subrayarla, la presencia o revelación viva, verdadera, de lo que más queremos al mirarlos: la burla del amor y de la muerte” (José Bergamín, 2001: 37).

Dice mucho más sobre el tema, pero con el fin de no extenderme demasiado, sirven estas líneas para apreciar el talento indudable de Bergamín, arte que supieron ver el pintor murciano y el escritor alicantino en toda su profundidad.

Me voy a detener en otro retrato que me gusta especialmente del libro, me refiero a la relación que mantuvo el poeta con el matrimonio formado por Concha Méndez y

Manuel Altolaguirre. Son muy divertidas las graciosas discusiones entre la pareja y cómo su casa era la casa de todos, de Cernuda, de Alberti, Gil-Albert, etc.

Cito unas líneas del libro cuando dice: “Concha Méndez, su mujer, lo trataba más como una madre, madre de barriada que se pasa el día regañando, desde la puerta, al retoño indolente” (Juan Gil-Albert, 2004: 131).

Pero lo que más me interesa, dejando a un lado ese mundo de amistad y de alegría, es la visión crítica que tiene Gil-Albert sobre Altolaguirre. Lo retrata, desde luego, como un hombre inmerso en la poesía, despistado, poco capacitado para las labores cotidianas, reproche continuo de su mujer. Pero dirá del poeta malagueño algo que sí creo importante destacar aquí: “Altolaguirre es, para mí, el único poeta propiamente lírico de su generación; la poesía española suele ser conceptuosa, barroca, trascendente, artística, pero es menos frecuente que sea eso, lírica. El lirismo es una emanación natural cuya emotividad no depende tanto de un contenido como de un timbre” (Juan Gil-Albert, 2004: 132).

Vemos el apego del escritor alicantino a un poeta del Grupo del 27, lo que dice mucho sobre la lectura atenta de Gil-Albert sobre dicho grupo.

Para demostrar que esta opinión es muy certera y que Altolaguirre fue, de su grupo, uno de los poetas de más alto vuelo lírico, sólo es necesario recordar algunos versos del poeta malagueño, que murió tempranamente, en 1959, a raíz de un accidente de tráfico.

Al detenernos en estos versos, vemos que arrastra una música interior, desvestida de todo concepto, unida sólo a la belleza de la palabra: “El alma es igual que el aire / Con la luz se hace invisible / perdiendo su honda negrura. / Sólo en las profundas noches / son visibles alma y aire. / Sólo en las noches profundas” (Antología del grupo poético de 1927, 1994: 235, vv.1-6).

Como podemos observar en estos versos del poema “Noche”, Altolaguirre nos ofrece su visión de la belleza misteriosa que surge en el poema de la combinación de la noche que permite ver el alma y el aire, secretos interiores para el poeta. Hay, desde luego, un vuelo místico en la poesía de este poeta singular.

Dice Vicente Gaos en el prólogo a la Antología citada que “Su obra es aérea, delicada, de aliento romántico” (Antología del grupo poético de 1927, 1994: 43).

Volviendo a Memorabilia me detengo en el retrato que hace de Juan Ramón Jiménez, vemos al místico, al hombre entregado a sus pensamientos, enajenado del mundo, dotado del don de lo misterioso: “Recuerdo a Juan Ramón, sentado a dos pasos de nosotros, de medio perfil, como si al hablar mirara al infinito, con las piernas cruzadas, y uno de los brazos apoyado en una mesa sobre la que se levantaba. Al compás de la conversación, como ligero trazo de lo que iba diciendo, su mano blanca, de su figura se desprendía un sabor principesco, pero oriental, andaluz por tanto” (Juan Gil-Albert, 2004: 137).

Fue la primera vez que vio al escritor moguereño, le acompañaron en tan importante visita Ramón Gaya (que consideraba y considera a Juan Ramón el poeta cumbre) y Enrique Azcoaga. Ambos, al lado de Gil-Albert, gozaron de la presencia de ese poeta extraordinario.

El retrato que nos ofrece el escritor alicantino parece un cuadro, esa posición en la mesa, esa mirada al infinito. Se percibe en ese retrato su estética de amante de la belleza que gusta de alcanzar el detalle, captando sus impresiones en un alarde de estilo literario.

Contará el escritor alicantino que esa visita tuvo un efecto muy habitual en los que conocieron a Juan Ramón, se refiere a las críticas que hizo sobre otros poetas.

Concretamente, sobre Pedro Salinas, delante de los tres artistas. Se volvió Gil-Albert especialmente cohibido en la entrevista con el poeta, fueron Ramón Gaya y Azcoaga los que sacaron al escritor alicantino del aprieto y contaron detalles y anécdotas de Valencia para amenizar la charla y evitar el incómodo silencio (turbado) del joven Gil-Albert.

El retrato de García Lorca no va ser especialmente favorecedor para el poeta andaluz, no en lo que respecta a su aspecto físico, sí en lo que respecta a sus dotes de extraordinario poeta.

Recojo de Memorabilia su descripción física: “No era alto, y aun un poco ancho, de pecho y cara, quedándole los brazos descolgados y medio curvados en el aire para ser movidos, con soltura, al andar” (Juan Gil-Albert, 2004: 127).

Si esta descripción parece que no nos llama la atención o no sirve para resaltar alguna cualidad para interesarnos, Gil-Albert nos ofrece unas líneas donde sí podemos apreciar el talento del poeta: “De tal criatura física emanaba, al vivir, yo no diría que un encanto pero sí una suerte, y a borbotones de electricidad” (Juan Gil-Albert, 2004: 127).

Le retrata en ese espíritu jovial que hizo las delicias de tantos amigos y admiradores y que escondía ese “duende” tan propio del mundo andaluz. No elude el dramatismo en el retrato de García Lorca, pues el escritor alicantino conocía la vena trágica del poeta andaluz, como un presagio de su adverso destino. Era, como nos cuenta el escritor, un hombre que entretenía a los demás, ávido de despertar interés, de ser protagonista.

No va a ser muy sutil con Lorca, ya que va a dedicarle adjetivos duros como “analfabeto prodigioso” o “pueblerino irredento” que nos parecen inapropiados por su desprecio hacia la gente humilde, pero Gil-Albert se caracterizó por no esconder sus opiniones y demostró siempre un grado de superioridad que pudo ofender a algunos.

Los comentarios dedicados a Lorca confirman algo que ya he destacado antes, la visión del escritor alicantino es, en determinados casos, esencialmente clasista e injusta para un hombre de la talla y la genialidad de Lorca. Aún así, reconoce Gil-Albert, el genio y el duende del gran andaluz.

Es, probablemente, con Cernuda, con quien parece más afín, hay en ese aire tímido e inhibido del escritor sevillano algo que atrae a Gil-Albert, quizá sea la soledad que condiciona la vida de ambos escritores. (Aunque en Cernuda fue más tormentosa y dolorosa).

Nos ofrece este retrato del poeta sevillano: “Lo que no quiere decir que estuviera exento de calor humano, daba la impresión de precavido, de encogido por dentro, pero con la apariencia, como he dicho, de alguien que establece distancias” (Juan Gil-Albert, 2004: 135).

El escritor alicantino confiesa que le unió a Cernuda una “amistad que procedía de afinidades y de admiración” (136). Si el poeta sevillano tuvo al conocer a Gil-Albert la impresión de que era un cursi, el escritor alicantino se empeña en este libro en defender, con el orgullo del que acepta las críticas, el término cursi, pese a su apariencia peyorativa.

Cuenta en el libro detalles de Valencia y de su casa como un lugar idóneo para recibir visitas de amigos, conocidos, etc. Todos ellos, como es de suponer, envueltos en el mundo de las letras: Cernuda, Gaya, León Felipe, Rafael Dieste, Moreno Villa, María Zambrano, Emilio Prados o Arturo Serrano Plaja.

Nos contará el escritor que en una de esas reuniones surgió la revista Hora de España, financiada por Carlos Esplá, que era entonces titular del Ministerio de Propaganda. La idea de crear la revista fue de Rafael Dieste y el título fue idea de Moreno Villa.

La revista estuvo vigente dos años y medio, topográficamente llevaba la firma de Altolaguirre y las viñetas de Gaya. Fue un gran esfuerzo por parte de todos ellos.

Quiero terminar este repaso a Memorabilia con el retrato que hace de Andre Malraux, personaje que tuvo un importante papel gracias a su labor periodística, y que Gil-Albert conoció, al igual que a otros relevantes intelectuales extranjeros.

Gil-Albert dice acerca de su encuentro con Malraux en Valencia: “Con Malraux, en cambio, coincidí una vez, en torno a una mesa del antiguo Café del Siglo, ya desaparecido, que ocupaba la esquina de la calle de la Paz con la plaza de la Reina…” (Juan Gil-Albert, 2004: 174).

Después, contará su impresión sobre el intelectual de La condición humana, cuando dice: “Malraux estaba a mi lado, en una silla, con una greña medio rubia colgándole sobre un ojo grande y un poco saltón que vidriaba, más que lo que veía y estaba presente, el reflejo de las ocupaciones fantásticas a las que estaba dedicado y que necesariamente comunicaba a su expresión algo de movedizo, de inestable y de lejano. Se le podía admirar pero sin tomar contacto” (Juan Gil-Albert, 2004: 174).

Muestra Gil-Albert que la impresión que tuvo de Malraux tenía mucho que ver con la de un hombre imbuido en su mundo, centrado en su deseo de buscar un cauce para la igualdad humana, como se pudo deducir a lo largo de su obra escrita.

Nos contará, en otro apartado, los fatídicos momentos que vivió en el campo de concentración en Saint-Ciprien. Resulta estremecedor lo que nos dice el escritor sobre su experiencia allí: “había que organizarse por grupos, el comer, el dormir, el defecar” (185). Vemos en esas líneas la perdida de la intimidad, la sumisión a unos hombres que tenían el mando para oprimir: “En medio de ello, entre blasfemias y voces de mando…” (185). Nos describe seguidamente las ropas de los reclusos: “Las vestimentas nos daban un aire de romeros o mendicantes, usadas por tres años de guerra y ajadas por el hacinamiento de la retirada…” (Juan Gil-Albert, 2004: 185).

Nos sobrecoge este relato, pero también nos enseña el valor de la amistad, la ética de un grupo de gente decente sometida a las inclemencias del exilio y de la reclusión forzada en un lugar inhóspito: “No nos desnudábamos, se sobreentiende, sólo yo me desprendía de lo que llamaba mis hopalandas…”(186). Y, desde luego, la amistad: “Por las noches, no exentos de buen humor, a veces agrio, a veces lírico, tendíamos nuestras alcobas, a la buena de Dios, como caminantes de una mancha que, estando parados, iba por dentro” (Juan Gil-Albert, 2004:186).

Nos contará luego la salida del campo de concentración y episodios que ya nos relató en la Crónica General, pero vamos a citar brevemente unas líneas donde vemos la solidaridad de Gil-Albert con su grupo de amigos. Se trata de la conversación que tuvo con V.I. (no nos informa del nombre, sólo aparecen las iniciales) cuando le propone que sería su enlace para colarse hasta París y gestionar su liberación (V.I. es un antiguo conocido del poeta que venía, antes de la guerra, a hablar de libros a su casa de Valencia), dice el escritor alicantino: “Le dije que yo no podía salir si no hacía con mi grupo” (189). Podemos conocer así la ética del escritor, su fidelidad a los que fueron sus amigos antes, durante y después del exilio.

Como ya podemos imaginar, todo el grupo abandonó el campo gracias a las gestiones que se realizaron para liberar a los intelectuales antifascistas (Jean Camp fue el enviado de la Alianza de Intelectuales para liberarlos).

En Memorabilia, Gil-Albert evoca un tiempo hermoso, pero también trágico de su vida, si bien los años de la República fueron muy fecundos en amistades y en creaciones literarias, la llegada de la Guerra Civil va a introducir (aunque se siguió creando) un gran desgarro en un mundo que podría haber seguido siendo muy fecundo sin la tragedia acaecida.

Podemos ver el alto sentido estético que mostró el escritor en los retratos de Juan Ramón Jiménez o García Lorca. También hemos podido conocer ese sentido ético de la vida que le llevó a defender a sus amigos ante una posible liberación individual del campo de concentración donde se hallaban recluidos.

Cabe decir también que Memorabilia planea en la obra en prosa del autor como un testimonio de su vida, aportando la riqueza de aquello que se ha vivido con intensidad. No hay desperdicio en este relato de un tiempo ido que marcó la juventud creadora y la savia temprana de nuestro Gil-Albert.

CONCLUSIÓN: MEMORABILIA

El libro de Gil-Albert hace un repaso a muchas etapas de su vida, desde sus reuniones en su casa de Valencia con escritores hasta las dificultades que vivió en el campo de concentración de Saint Ciprien.

Lo más interesante de Memorabilia es la capacidad del escritor alicantino de recordar con nitidez épocas pasadas de su vida. Pero no lo hace como un simple novelista, sino que se recrea en las descripciones de sus amigos, los retrata a la perfección.

Gracias al libro descubrimos su gran amistad con Manuel Altolaguirre y su mujer en aquellas inolvidables reuniones en las que Concha Méndez regañaba al poeta malagueño, como si se tratase de un niño. También nos cuenta la impresión que le causaron figuras de la talla de Luis Cernuda o Federico García Lorca.

He dejado mi impresión sobre la pintura, ya que su amistad con Ramón Gaya fue fundamental en aquel período. Ambos fueron artistas y sintieron un aprecio indudable por la obra bien hecha. El artista murciano lo consiguió en la pintura y el escritor alicantino retratando magistralmente una época y sus personajes. No he querido, por la importancia que tuvo, olvidar la figura de Bergamín, ya que ambos, Gaya y Gil-Albert hablan de él. El pintor murciano lo hace en su Antología, donde aparecen sus artículos fundamentales sobre pintura y Gil-Albert nos habla en Memorabilia de su encuentro con el escritor madrileño.

Es muy interesante el primer encuentro con la figura de Juan Ramón Jiménez, un hombre que era considerado un maestro para varias generaciones. El escritor alicantino se queda mudo frente a la figura del poeta moguereño, siendo sus amigos, Gaya y Enrique Azcoaga los que conversan con él, para evitar la incomodidad del silencio.

Todo ello aparece en el libro y convierte a Memorabilia en una sucesión de anécdotas, recuerdos, etc, que enriquecen la vida del escritor, señalando la importancia de su figura en el período anterior a la Guerra Civil. No en vano, fue uno de los creadores de la revista Hora de España, tan reconocida en el período que comentamos.

Gil-Albert es un creador y, por ello, profundiza en el ayer, para no que no se olvide todo aquello que le perteneció y, en el libro, nos muestra no sólo su sentido ético de la vida, queriendo que sus amigos salgan con él del campo de concentración, sino también su sentido estético, es decir, el gusto por el detalle, por las lilas, por todo aquello que le une al espectáculo hermoso de la naturaleza, reflejando la belleza de las cosas.

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