“Los arcángeles”: entre el misticismo y el erotismo

PEDRO GARCÍA CUETO

Resultado de imagen de los arcángeles gil albertLos arcángeles fue una curiosa novela que Gil-Albert escribió a finales de los años 60.

Lo que nos interesa de ella es la combinación de sabiduría del autor (las alusiones a Dante, a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa) y la historia amorosa que, inmersa en una trama singular, nos regala Gil-Albert.

Comienzo esta investigación de la novela refiriéndose al trabajo de Joaquín Calomarde sobre la figura y la obra de Gil-Albert, cuando dice el crítico lo siguiente: “El libro, que se nos presenta como una parábola, es, sencillamente, la pequeña gran obra, la madura gran obra, de un prosista nato como, según lo pienso, es el caso de Gil-Albert” (Joaquín Calomarde, 1998: 91).

Si nos adentramos en el libro, veremos que el escritor se transforma en esta novela en un hombre recluido en una celda que va a “pensar” la vida y va a actuar acerca de ella. No queda fuera la evocación y la nostalgia en este relato.

Partiendo de este encierro que nos recuerda al de Santa Teresa o al de San Juan de la Cruz, el personaje va a rememorar sus pasiones por dos hombres: Gabriel y Miguel, los nombres de ambos, como podemos deducir, son significativos. Si nos vamos a la Biblia veremos que los arcángeles del Señor tenían dichos nombres. ¿Por qué el escritor alicantino quiere evocar la Biblia? La respuesta no es difícil, hay en la novela deseos de tornar pagano lo cristiano, pasar por el tamiz de su vocación helénica lo que la religión cristiana le ha aportado.

Tanto es así, que va a insistir en la preeminencia de lo griego en la terminología cristiana: “El Purgatorio no es una creación cristiana como se cree, ni su concepción encuentra puesto alguno en la más inflexible religiosidad de Israel. Su entidad es griega y es en el Gorgias donde asistimos a su aparición, como estado, al exponer Sócrates la técnica de ultratumba por la que son juzgados los muertos y que establece la diferencia esencial entre los que se condenan y los que se salvan” (Juan Gil-Albert, 1981: 39).

Como podemos observar, lo griego se antepone a lo cristiano, para Gil-Albert, con su documentada biblioteca, lo helénico constituye el principio de todo. Por tanto, lo cristiano no sólo no inventa el mundo, sino que introduce restricciones dañinas a la gran democracia griega.

El argumento del libro tiene varios aspectos, la aparición del escritor encerrado en la celda, como si de un místico se tratase. Por otro lado, el mundo exterior, donde aparece Gabriel, como elemento nostálgico, especie de icono del placer para el protagonista.

Aparecen los símbolos: la cadena de plata que el narrador-protagonista le regala a Gabriel, se convierte en el símbolo de la traición cuando éste regale el brazalete a una muchacha desconocida que se ha enamorado de él.

También podemos apreciar en la novela las antítesis: la infidelidad de Gabriel frente a la fidelidad de Miguel. Gil-Albert retrata muy bien ambas respuestas: “El tajo había sido dado y al resplandor de su brusquedad nuestra relación se ofrece como asesinada, convertida de un hecho vivo, en un espectro de la muerte, en una negación, en una nada” (Juan Gil-Albert, 1981: 20-21).

Se refiere a la respuesta del protagonista al regalo del brazalete por parte de Gabriel a una muchacha. El sustantivo “tajo” ya nos señala que se había roto la complicidad, la confidencialidad que unía a ambos.

Como contrapartida, Miguel aparece con el rasgo de la “lealtad”, un hombre que nunca ha traicionado al protagonista: “No he visto a Miguel pero su recuerdo se enciende en ocasiones, para mí, como una estrella benéfica. Es, con seguridad, el único caso de hombre que conozco al que no tengo nada que reprochar” (Juan Gil-Albert, 1981: 72).

La novela se nos presenta como una lucha entre el bien y el mal, por ello, no es casualidad que insista el narrador tanto en La Divina Comedia de Dante.

Nos preguntamos: ¿por qué está Dante detrás de la novela?, la respuesta está en la novela misma, ya que en su capítulo III, titulado “Los infiernos”, repasa el protagonismo del Canto XV del Infierno en la Comedia de Dante. Dice el protagonista: <<Dante no tanto piensa, como “ve”>> y dice también: “En este sentido los siglos cristianos no hacen otra cosa que continuar el arrobo de la plasticidad helénica, sólo que su estatuaria es menos ideal” (Juan Gil-Albert, 1981: 42).

Nos damos cuenta de algo esencial, si Dante “ve” es que convierte todo en cuadro y, por ello, es un claro seguidor del mundo helénico donde todo pasa por la concepción de lo bello, tanto en la escultura como en la pintura. El mundo cristiano, recogiendo ese ideal, le dota de una angustia que no tenía en su origen y, por tanto, pervierte su verdadero valor.

Sin embargo, no acierta Gil-Albert al creer que el mundo griego es la base principal para la creación de la Divina Comedia. Contra esta opinión aparecieron los estudios anteriores a la novela de Gil-Albert, por parte de Miguel Asín Palacios (1871-1944), director de la Real Academia Española, el cual escribió en su muy interesante estudio “La escatología musulmana en la Divina Comedia”: “Un número considerable de pormenores y rasgos topográficos, de escenas y descripciones episódicas de la Divina Comedia tienen sus precedentes y modelos ya análogos, ya idénticos, en el Alcorán y en los “hadices” descriptivos de la vida de ultratumba, ora en las leyendas musulmanas del juicio final, ora en la doctrina de los teólogos y filósofos, especialmente místicos, que sistematizaron, interpretaron y razonaron todos estos documentos de la revelación musulmana” ( prólogo a la Divina Comedia, 2004: 15).

Es interesante el estudio que el académico y estudioso Asín Palacios hizo de la obra, dice también que fue el místico murciano Abenarabi el que realizó antes de Dante una arquitectura de ultratumba, señalando que Dante le pudo tener, casi con seguridad, por modelo para su obra.

Todo lo dicho es importante para entender la novela de Gil-Albert, porque el escritor, llevado por su desmedido interés por la cultura helénica, centra todos sus razonamientos en el mundo griego, lo cual no siempre es cierto.

Lo que sí está presente en el libro y, además, con insistencia (aparte de la ya citada historia de amor entre el protagonista y los dos jóvenes) es la relación del narrador y personaje principal con la mística: “Erotismo y misticismo, han sido para mí, esto sí, dos contingentes culturales que se hicieron forma en mi espíritu como la afluencia del agua da carácter decisivo a la flor; sin saberlo; por absorción de sus virtudes difusas, por asimilación de su sustancia” (Juan Gil-Albert, 1981: 13).

Cita en la novela a San Juan de la Cruz y no es casualidad que el protagonista se halle en una celda repasando la vida, intelectualizando las emociones vividas.

Es importante señalar que las digresiones son fundamentales, son ideas que nacen como pensamientos en voz alta y que vertebran la trama, a través de disquisiciones filosóficas, literarias, etc. No es la primera vez que Gil-Albert utiliza las digresiones, aparecen en la Crónica General, en el Breviarium (se puede considerar éste último un ejemplo claro de reflexiones o aforismos del escritor).

Cuenta en el libro que empezó a leer el Camino de Perfección de Santa Teresa de Jesús en sus años escolares, sin entenderla realmente, habla de “galimatías”. Cuenta también que los místicos alcanzan ese estado porque “no se dan cuenta de que están hablando de ellas”(49). Esa especie de enajenación les lleva a cohibirse y, por ello, las expresiones de San Juan o Santa Teresa son tan asombrosas y arriesgadas. Para el escritor alicantino “al aspirar tan alto se olvida de que son hombres” todo ello ayuda a creer “al hablar de su amor, las palabras más secretas, las expresiones más íntimas, las imágenes más impúdicas” (Juan Gil-Albert, 1981: 49).

Como podemos observar, el mundo místico destaca en esta obra. Al comienzo de la misma, recluido en la celda buscará el lenguaje del arrobamiento, donde la lucidez de los sentidos no importan, en la senda de la enajenación mística: “El sueño me es infiel. Con las pupilas abiertas me busco y pienso. Inquiero en mí. Reconstruyo los hechos” (Juan Gil-Albert, 1981: 11).

Si nos adentramos en San Juan de la Cruz y revisamos los Comentarios a su Poesía realizados por él mismo, observamos que en el capítulo 12 a la Noche oscura del alma, dice el poeta: “Por lo dicho echaremos de ver cómo esta oscura noche de fuego amoroso, así como a oscuras va purgando, así a oscuras va al alma inflamando” (San Juan de la Cruz, 1991: 502).

Todo pasa por el tamiz de esa “oscuridad” que es símbolo de enajenación, de arrobamiento. ¿No parece la misma sensación de ausencia de conciencia que pesa en el principio de la novela de Gil-Albert cuando se halla solo en la celda, tiritando de frío y comienza a recordar su vida?; para ser más precisos, dice así el protagonista: “Yo, al menos, tiemblo, desolado, aislado, solo, flotando en la oscuridad, pero tiemblo: luego soy” (Juan Gil-Albert, 1981: 9).

Observo una clara diferencia, la que hace que San Juan en su poesía descubra en la noche una certeza, pese a la oscuridad: “sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía” (Noche oscura del alma, vv.14-15). En la novela de Gil-Albert se remite a la posibilidad de pensar, de hacer de su cuerpo un espacio de reflexión, por ello dijo en la misma situación de desamparo que la que suponemos en San Juan lo siguiente: “Con las pupilas abiertas me busco y pienso. Inquiero en mí” (Juan Gil-Albert, 1981: 11).

Lo que en San Juan era emoción y, por tanto, voz interior que animaba la voz de Dios, en Los arcángeles y en su protagonista se trata de la necesidad de concentrarse para ser y poder sobrevivir en el recuerdo, todo se deja al pensamiento.

No sólo aparecen en la novela los místicos, también el mundo griego, como ya dijimos; la alusión al Fedro de Platón donde éste mantiene que “las mayores bendiciones nos llegan por medio de la demencia”, sirve para explicar el suceso real del brazalete.

Se observa que la trama amorosa pasa a un segundo lugar, siendo el mayor interés de Gil-Albert las digresiones que le permiten hablar de filosofía, de mística, etc. La cultura y el afán de erudición se imponen para que el escritor alicantino pueda convertir en un ensayo esta novela en apariencia.

Es evidente el peso que la mención de la Divina Comedia tiene en el libro lo que se manifiesta en las continuas referencias a la gran obra de Dante. Llama la atención el interés en la novela por el episodio del purgatorio, frente a otros posibles, como el del infierno o el del cielo. El protagonista ve la vida como “un lugar de mejoramiento” (Juan Gil-Albert, 1981: 39).

Menciona el canto XV dedicado a los sodomitas, nos cuenta que Dante y Virgilio caminan juntos frente a la procesión de aquellos, azotados por una lluvia de copas de fuego, ambos, los dos poetas se distinguen de la masa de sodomitas, como dos ejemplos no mancillados, puros, envueltos en el tapiz de la inteligencia, separados de la lujuria del gran grupo.

Si Gil-Albert elige este episodio no lo hace por casualidad, su obra, su estética de la vida se va confirmando en ese alejamiento de la plebe y en ese deseo de soledad. Por ello, sitúa a su protagonista en una celda y a los jóvenes fuera de ese mundo de reclusión. Los símbolos funcionan porque el protagonista-escritor busca en su interior para conseguir la salvación a través del castigo que supone aislarse del mundo y alcanzar, tras ello, la virtud.

Si ya vimos que en el Tobeyo o del amor el personaje de Claudio permanece inmaculado y puro, pese a la tentación del joven hermoso, aquí el personaje principal evoca como un espectador de un cuadro que desea pertenecer, pero que no pertenece, a lo pintado.

Los personajes de Gabriel y Miguel nunca están ensalzados (aunque Miguel sí cobra cierta estima en la novela), Gabriel será visto como “un buen muchacho que no sabe qué hacer con su humanidad y a quien su moto, con sus trepidaciones, le hace las veces, como el potro a los centauros” (81). No hay ningún rasgo de intelectualidad en Gabriel, al igual que Tobeyo sólo es símbolo de hermosura (Es un elemento clave en la estética del escritor alicantino).

Hay otro personaje, Rafael, que también aparece como el bello arquetipo de un cuadro, desprovisto de talento intelectual: “Me falta decir que tenía el aire de un greco recién pintado”, y dice además: “La belleza de un joven está siempre callada, púdicamente, por el resplandor de la ignorancia” (83). Si la ignorancia es resplandor es porque la entiende como algo que fascina, llega a través de los sentidos y desarma al que la contempla.

Nos va a explicar en estas líneas el escritor por qué esa elección de jóvenes hermosos, sin rasgo alguno de talento: “En ese negligente llevar en sí lo que son reside, para mí, el enigma de la ventura ajena. De la misión arcangélica” (Juan Gil-Albert, 1981: 83).

Puedo deducir que los jóvenes elegidos no son conscientes de su hermosura, sólo es apreciada por el espectador de la misma, que, a su vez, es un pensador y encuentra en esa belleza algo ancestral que los conduce a la época griega.

Es importante, para comprender mejor la novela, explicar la función de los arcángeles, lo son por ese desasimiento, como fueron los místicos, por no ser conscientes de esa entrega hacia lo bello, dotados así de cualidades divinas.

Gil-Albert ha fusionado lo pagano con lo cristiano, para construir su estética, encontrando en esa unión un mundo de símbolos y de fascinación.

En ningún momento el protagonista ama a esos arcángeles, los desea como se venera una estatua o un cuadro, son pura “estética”, pero no llegan a herirle en su integridad.

Hay algún otro encuentro erótico, pero eso no resta pureza al protagonista, porque no hay entrega verdadera, sólo experiencia: “Si yo dijera que amo a Miguel no me expresaría con propiedad. Digo que su recuerdo me inspira confianza” (Juan Gil-Albert, 1981: 72).

Uno de los episodios más duros del libro será el de la muerte de su madre. Es muy claro el sentimiento que el protagonista tiene de la muerte. Nos sorprende la forma casi anatómica que tiene de contarnos aquel momento atroz: “Varias veces entré durante aquel día y durante la larga noche última en la que, ya entre dos luces del amanecer, dejó de existir. Inmóvil, animada por aquel espectral estertor, aquello era, aún, mi madre…” (Juan Gil-Albert, 1981: 75).

Como podemos observar, hay una gran frialdad al decir “aquello” como si fuese algo ajeno a su vida o a sus recuerdos. Pero dice aún más: “Como si una voz me dijera: Nada tienes que ver con esto, alégrate; tú perteneces al mundo” (Juan Gil-Albert, 1981: 75).

La frialdad que demuestra nos recuerda a una excelente novela de Albert Camus El extranjero, cuando Mersault es informado de la muerte de su madre en la residencia, le sobreviene la misma respuesta fría que vimos en Los arcángeles.

El protagonista no llora al recibir la noticia e, incluso, le molesta hacerse cargo de los preparativos del entierro. Cito estas líneas estremecedoras donde se refleja la falta de rasgos morales de Mersault, semejante a los que poseía el narrador-actor de la novela de Gil-Albert. Dice así: <<En ese momento el conserje entró detrás de mí. Había debido comer. Tartamudeó un poco: “La hemos cubierto. Pero desatornillaré el féretro para que pueda usted verla.” Cuando se aproximaba al ataúd lo detuve. Me dijo: “¿No quiere?” Respondí: “No”>> (Albert Camus, 1971: 13).

El personaje no expresa ningún sentimiento, más bien incomodidad y deseos de que todo acabe lo antes posible. Al igual que en la novela de Gil-Albert, la madre es un símbolo de incomunicación y de distancia sentimental.

En Los arcángeles aparece la pena tardía como una congoja, lo que demuestra que el

protagonista no puede permanecer arraigado a los sentimientos: “y como si desatara dentro del pecho una fuente secreta, sentí ascender hacia la garganta una doble congoja que comenzó a manar por mis ojos con copiosas lágrimas tardías” (Juan Gil-Albert, 1981: 77).

En la evocación de la madre cuando era niño surge el llanto, como si el poder de la evocación fuese más intenso que el instante, vivo, desalmado y frío de la contemplación del cuerpo muerto de la madre.

La novela nos habrá dejado un extraño aroma, como si conviviesen en ella muchas cosas: la cultura, el deseo, la memoria, la vida, la muerte. No nos dejará indiferentes, podrá gustarnos o no, pero siempre quedará en ella una especie de singularidad, la visión estética de la vida del escritor alicantino.

La obra está dedicada a André Gide, tan admirado por Gil-Albert. Es interesante recoger la opinión de Calomarde sobre la novela: “La vida como encuentro. La existencia como improvisación y continuo aprendizaje de lo no previsto, de lo arcangélico. Esta es la parábola, el fundamento y el pensamiento que preside todo el texto de Juan” (Joaquín Calomarde, 1998: 93).

Pero queda algo por decir y lo expresa muy bien Ana Gómez Torres al hablar, en su estudio “Sobre los arcángeles de J. Gil-Albert”, acerca de la estética de la tierra natal en el libro de Gil-Albert. Es cierto que éste nos va dejando rastros de un paisaje que alude a lo clásico, pero también al arraigo de la tierra natal. Fusiona el escritor los dos mundos con maestría.

Como dice Ana Gómez Torres hay una sensualidad en la novela que se filtra para producirnos ese clima que huele a Mediterráneo y al mundo clásico: “La sensualidad de la imagen revela con precisión el clima hedonista que impregna las páginas del relato” (Ana Gómez Torres, 1990: 122).

Si hay sensualidad es que el culto al cuerpo y a la belleza brillan en su esplendor, también su estética la recoge Gómez Torres en su estudio: “El eros terminal asume en los sucesivos encuentros un aspecto de regeneración vitalista, en consonancia con una naturaleza cantada desde la estética de la mediterraneidad” (Ana Gómez Torres, 1990: 122).

Y hay algo importante en la novela: la procedencia, el origen de estos arcángeles. Nos lo aclara Gómez Torres cuando dice lo siguiente: “Estos ángeles “humanos, demasiado humanos” proceden no sólo de las fuentes bíblicas, sino también de la literatura maldita del XIX: Baudelaire y Rimbaud” (Ana Gómez Torres, 1990:122).

No hace falta decir que este dato es muy significativo en un hombre de la cultura de Gil-Albert, la fijación en lo “maldito” insiste más aún en la singularidad que establece el escritor a la hora de crear sus personajes, tanto la referencia a Dante y Virgilio huyendo de la plebe, como el protagonista de la novela, encerrado en la celda, son una clara demostración de seres ajenos al mundo, solitarios que conocen ese carácter maldito del que habla la estudiosa del escritor.

Los “arcángeles” (superiores a los ángeles en el mundo cristiano) tienen un lado oscuro, representan aquello que nos turba por su belleza, pero también por su condición de seres ajenos al mundo, abstraídos de él. Por ello, cita Ana Gómez Torres la encarnación en la poesía de los ángeles que simbolizaron “la incertidumbre, la turbación y el desarraigo” (123) y pone como ejemplo el Angel fieramente humano del poeta vasco Blas de Otero. No es casualidad que Gil-Albert elija en su novela arcángeles, porque simbolizan el poder positivo, pero también negativo que ha dotado la Iglesia católica al mundo. Si existe el bien, también existe el mal, la ambigüedad del arcángel es idónea para señalar así la condición dual del mundo.

CONCLUSIÓN: LOS ARCÁNGELES

La novela no pretende ser una historia convencional sobre el amor, sino que tiene su base en la filosofía, en el mundo griego que tanto amó el escritor alicantino.

Hay referencias al paisaje marino y a las montañas pobladas de ruinas clásicas, como si el escritor quisiese trasladarse a otro tiempo para ofrecernos otro aspecto más de su estética de la vida.

Hay sensualidad en la novela, ya que la belleza es la protagonista de la historia. Los arcángeles son esencialmente hermosos, por ello, no se ofrecen al protagonista, sino que le tientan, como ya ocurrió en el Tobeyo o del amor.

La principal virtud del protagonista del libro es vencer esa tentación, recluirse en una celda, lo que nos hace recordar a los místicos que, como San Juan de la Cruz, vivieron su plenitud amorosa en soledad.

El libro es también un caudal de homenajes: a la Divina Comedia de Dante, a los místicos, ya que hay un deseo de explicar el mundo a través de las alusiones a la Antigüedad. Es, en este punto, donde radica el mérito de la novela, la búsqueda, mediante las digresiones, de una filosofía que no se encuentra ya en el mundo moderno.

El libro habla de la culpa, de la soledad, del deseo; temas que son esenciales en la obra de Gil-Albert. El paganismo, el rechazo a la religión católica, están también presentes en la novela.

En definitiva, Los arcángeles son el vivo reflejo de la belleza juvenil, son seres que tientan con su proposición de vida eterna, condición que, como muy bien sabe el escritor, le es negada. Surge así el libro como una muestra más del alto vuelo de Gil-Albert, de su delicadeza y refinamiento.

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