La ignorancia de la muerte o el mundo de luces y sombras de António Osório

PEDRO GARCÍA CUETO

António Osório es un poeta portugués nacido el 1 de agosto de 1933 en Setúbal, con antecedentes italianos y gallegos, Osório es abogado y administrador de la Comisión Portuguesa de Fundación Europea de la Cultura y socio de la Academia de Ciencias de Lisboa. Osório ha escrito libros que publicó a partir de los años setenta, aunque escritos bastante antes, como Una raíz afectuosa (1972), La ignorancia de la muerte (1978), Un lugar de amor (1981), Décima aurora (1982) Adán, Eva o más (1983). Planetario y zoo de los hombres (1990) y La casa de las semillas (2006).

Lo que caracteriza a su obra, siguiendo la atenta lectura de Pablo Javier Pérez López en el prólogo a La ignorancia de la muerte, que ediciones Olifante ha publicado en el año 2016, es la vuelta a un pasado, el deseo de volver al tiempo ido para reivindicar las figuras más importantes de nuestra vida, padre, madre, etc. Dice en el prólogo:

“La presencia de los ausentes en nosotros, la inauguración de la memoria, del recuerdo, la evocación poética del origen, se instauran en una poética como pilares esenciales e ineludibles” (p. 13).

Cierto, ese es el alto sentido de su poesía, volver al pasado, acariciar así los temblores del tiempo, degustar los sabores dejados atrás, hilar con ternura el telar de lo que ya es memoria, para el poeta, solo invocando las palabras verdaderas, la vida tiene verdadero sentido. Por ello, el libro habla de jornaleros, de empedradores, de una cabra, todo lo que el mundo cotidiano que conoció en su infancia reivindica, volver a la tierra, a su sabor y a su aroma. Pero no olvida a sus seres queridos, al padre, a la madre, tampoco al arte, al mundo de la belleza que trasmina cada paisaje, como el de Italia, Osório es un esteta, pero de casta humilde, que conoce el sabor de las cosas sencillas, que reivindica la belleza de lo cotidiano.

En el poema “Los jornaleros” ya vemos ese afán, el jornalero lleva en sus manos el secreto de la vida, es un arquitecto de acueductos, cuando crea arma el edificio de la vida, da hondura a la simiente vital:

“Jornalero de acueductos, / desbrozas, / eucaliptos buscando el agua”.

El jornalero “desbroza”, va abriendo el telar de las hojas para llegar al río, al cauce vital, va abriendo un sendero en la Naturaleza, con su arte verdadero, el que hace con las manos, artesano de un lenguaje original. Es Osório el poeta que canta a la Naturaleza, le da vigor al paisaje, establece un nexo de unión con el mundo desde la palabra, desde su rumor original.

En el poema “Vareo”, sentimos cómo la Naturaleza esplende, el poeta nos regala versos que se van haciendo visibles, cobran alto vuelo, todo el paisaje se extiende, se hace perceptible y el lector sabe que Osório es un hombre de la tierra, arraigado al terruño desde el nacimiento hasta la muerte:

“Vareo del olivar / en la paz de las rocas, / y junto a las judías, / limpia, con el abono / la tierra, caracoles / inmutables, conejos / excavando / su peligrosa patria”.

Es Osorio testigo del esplendor del mundo, donde los frutos, las verduras, todo cobra importancia, se significa ante la contemplación de ese paisaje único, donde ha sentido el latir de las rocas, el arraigo a la tierra del caracol o el conejo que excava para huir del cazador, como dejó claro en un poema del mismo título, donde el cazador es el hombre que todo lo asola, ser inmutable que perturba el mundo, ser que entra de lleno en la Naturaleza para romper su halo mágico.

En “Los empedradores” reivindica al artesano del lenguaje, que no es el erudito, sino el hombre sencillo que vive su ensimismamiento, el de la palabra original, no perturbada por el uso maniqueo del mundo, la palabra que se va cincelando en piedra, como dice el poema:

“Escriben en la calle: / juntan / cuidadosamente / palabras”.

Son artífices del lenguaje, como en una danza dice luego: “Las pegan / sílaba a sílaba / escogen, unen / completan, / tocan / levemente por encima / y continúan”.

Lenguaje que van creando, como el pintor el cuadro, como el músico el pentagrama, son los seres que germinan el mundo a través del lenguaje, todavía sin el peso de la cultura que ha ido vapuleando la palabra origen para transformarla en palabra uso y a la vez lejana de toda manifestación de lo verdadero.

Pero Osório también reivindica en esta ignorancia de la muerte, como si concitase el mundo desde la ausencia, a sus seres queridos, al padre, la madre, en un ejercicio virtuoso de afecto y luz cenital, en el apartado titulado “Ponte Vecchio”, nos llega un bello poema a la madre, titulado “Madre que llevé a la tierra”:

“Madre que llevé a la tierra / como me trajiste en tu vientre, / ¿qué haré con estas arterias tuyas? / ¿Qué médula, placenta, / qué lágrimas me unen a tus / huesos? ¿En qué es diferente / tu carne de la mía?”.

El origen, el camino hacia la misma sangre une el poeta a su ser más amado, la madre, el ser que le dio vida, que lo alumbró, le entregó a la Naturaleza entera para hacer al poeta el cantor del origen, el hombre que ve amanecer, que contempla el campo y el paisaje de las cosas sencillas, el amanuense de la Naturaleza, que va escribiendo, con la minuciosidad del copista el origen del mundo que se ofrece cada día.

Es Osório entonces la corriente afectiva, el hombre que vuelve al vientre materno, reivindica al padre, pero también el amor entre padre y madre, el niño que les oye copular, sabiendo ya que al oír el acto amoroso lo envuelve en un ser inscrito ya en la Naturaleza, partícipe del milagro del mundo, en el poema “En el cuarto de al lado”, Osórico es el niño que lee ya el amor, sabe que sus padres son seres mortales, conoce ya el lado oscuro de la vida:

“En el cuarto de al lado / un día escuché que amabas. / Papá encendió la luz, / en breve ya dormíais. / Entendí otras cosas, / los perros, sus procesiones, / el beso recibido con furia / en la escuela, en el rincón de la escalera. / Y quise ser mayor”.

La puerta hacia el mundo adulto viene del deseo, del cuerpo que clamar por salir a la superficie, con su vehemencia y su potencia sexual, conocedor ya de la verdad de la vida, que todo se reduce a mera cópula, que el mundo se va engendrando cada día con el amor de muchos que se dan unos a otros para que exista la vida y su fluir.

Son los poemas del apartado titulado “La materia volátil”, porque efímera es la vida, su paso sobre los seres que van entrando en el reverso de todo, en la otra cara de la existencia, la muerte. Insignificante la muerte porque todo lo vivo esplende, insignificante la sombra si la luz de las cosas es intensa, todo vuelve a su origen, al niño que nació y vio a sus padres amarse, para entrar ya en el mundo adulto y entrar en sintonía con la Naturaleza, con sus latidos, arraigado a la tierra para siempre.

Logra Osório un bello libro, los poemas dedicados al padre, como el que titula “Reivindico, padre” donde enuncia la insignificancia del hombre, poemas que se acercan al mundo clásico que late en él como el que titula “Y vuelvo a Ulises”, poeta que sabe que en el pasado está el presente y en este vive el latido del tiempo, su fluir interminable.

Un libro enteramente vivo, que late en cada página, un viaje a la hondura del ser, desde la Naturaleza hasta la presencia de sus seres queridos, una cartografía que se hace paisaje vivo en el verso de Osório, un poeta de gran calado existencial.

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