La mirada de César Simón a Juan Gil-Albert

PEDRO GARCÍA CUETO

César Simón supo ver, como si fuese un pintor, a Juan Gil-Albert, me detengo en un importante artículo del primero, necesario para conocer mejor al escritor alicantino.

Viene de la mano de César Simón, primo hermano suyo, pero, por encima de todo, gran amigo del escritor. Este artículo apareció en la revista El Mono-Gráfico en 1991.

Esta revista valenciana está dirigida por otro gran amigo y admirador de la persona y de la obra de Gil-Albert: Pedro J. de la Peña.

El artículo se titula “Juan Gil-Albert: a modo de semblanza” y, aunque voy a dedicar un apartado extenso a los homenajes al escritor alicantino en varias revistas, me ha parecido necesario comentar este estudio de forma independiente por su relevancia en los detalles acerca de la figura de Gil-Albert.

Llama la atención los adjetivos que César Simón dedica al escritor: “Esa lentitud activa; ese hechizamiento elevado; esa lejanía embelesada donde a veces flotaba; ese ámbito dorado, tan hímnico como elegíaco, significa la más refinada condición, que él representaba plenamente” (César Simón, 1991: 42).

Nos cuenta el poeta valenciano que conoció a Gil-Albert tras la vuelta de su exilio en 1947. Para César Simón, no hay nada de decadente en el escritor alicantino. Lo considera una falsa impresión de aquellos que no le han leído con profundidad, como mucha gente que conoció al escritor en su juventud.

Nos cuenta detalles sobre su comportamiento en público. De su condición de hombre refinado nos llegan estas palabras que cito a continuación: “Dijo una vez que él, desde muy joven, se había prohibido toda vulgaridad” (César Simón, 1991: 43).

Al citar esto, podemos pensar que existía en el escritor un cierto aire de pedantería, que el poeta valenciano niega en el artículo: “Juan se mantenía siempre vestido, en cuestiones idiomáticas. Ahora bien, su indumentaria, elevada y digna, no adolecía jamás de pedantería, al contrario, resultaba siempre natural, un poco adobada por su lentitud, temblor de voz y exquisitez de entonación” (César Simón, 1991: 44).

Resulta muy interesante la opinión de Simón sobre la sabiduría de Gil-Albert. No le califica de culto en el sentido del sabio oriental que alecciona a sus discípulos, tampoco del sabio socrático que se empeña en dar clase. Para el poeta y crítico valenciano, el escritor alicantino es sabio sin alardear de serlo, con la naturalidad de los que son felices relatando curiosidades, hechos históricos o anécdotas de su pasado. Es una sapiencia que cala, porque nace del mero hecho de conversar.

También son relevantes los detalles que nos da Simón de su celda, donde establecía Gil-Albert sus conversaciones. Dice así: “Te pasaba a su celda. Él llamaba celda a una pequeña habitación triangular, junto a la salita roja susodicha, de techo muy alto, como toda la casa-casa para grandes lámparas” (César Simón, 1991: 45).

Describe el poeta valenciano la celda: las cortinas azules, el blanco de las paredes, los libros lujosos de arte y la obra completa de Joan Maragall, muy admirado por él.

Nos cuenta César Simón el horario de la escritura: “Escribía Juan sentado en un sillón tapizado de azul, como las cortinas, comenzaba por la mañana, no tarde, de pijama, batín y zapatillas…” (César Simón, 1991: 46).

Es interesante el mundo que se establecía en la finca de El Salt, su amada casa. Allí llegaban muchos vecinos a recoger agua. El surtidor era una fuente que había bajo un gran chopo y una higuera.

Las charlas que tenía el escritor alicantino con aquellas gentes son mencionadas por Simón. Gil-Albert hablaba con ellas, para utilizar posteriormente a aquellas personas como personajes de sus novelas, como nos cuenta el poeta valenciano: “Se interesaba Juan por la vida de estas gentes. Luego, las interpretaba como personajes entre wildianos y galdosianos” (César Simón, 1991: 48).

Nos revela cómo Juan podía llegar a entablar una discusión por un simple gusto cinematográfico distinto al suyo (hay que recordar que el escritor, excepto el cine de Visconti, despreciaba el séptimo arte). Se refiere Simón a un hecho que le ocurrió con su amigo Pedro de Valencia en su casa, en pleno verano.

Pedro de Valencia desdeñó una película europea y alabó, sin embargo, una “vulgaridad” norteamericana: El Rey y yo. Aquello desairó las iras de Gil-Albert, ya que detestaba el cine norteamericano, con lo que Pedro se levantó de la mesa y abandonó la casa. Nunca más volvió el pintor valenciano a aquel lugar, situado en la calle Colón 35, donde vivía el escritor con doña Vicenta y su hermana Tina.

Un mero comentario que afectase a su sensibilidad podía volver al escritor alicantino imprevisible y convertirle en un hombre iracundo, perdiendo su conocida afabilidad.

Es necesario hablar de la importancia de las flores en la vida de Juan Gil-Albert. Eran más que un ornato, todo un mundo para él, lo cuenta muy bien César Simón: “Las flores eran una necesidad para él: las rosas, la copa de jazmines sobre su mesa de despacho, en la que, por cierto, no se sentó nunca a escribir, porque Juan fue siempre un escritor de sillón, de sofá o de mesa camilla, en parte debido a su desviación de la columna” (César Simón, 1991: 50).

Hay detalles muy significativos acerca de su gusto por el vestir, por el dandismo. Dice Simón: “Por las fotos, por las escasas fotos que he visto de la época mejicana de Juan, y, luego, de su estancia en Río de Janeiro y Buenos Aires, en comparación con su juventud había cambiado mucho. Se había transformado en clásico. Su color preferido era ahora el gris claro –mejor el gris plomo que el gris perla- y la corbata de motas. Trajo de Buenos Aires un abrigo marengo, de manga ranglan, a la vez elegante y semideportivo, y unas cuantas camisas de muy bien gusto, rayadas de azul o rosa, que adquirió en Río” (César Simón, 1991: 55).

El orden era una característica esencial de su vida, como nos describe el poeta valenciano: “Era muy ordenado. Apenas llegaba a casa, colocaba todo lo que llevase en su sitio, la cartera de cuero blanco, la chaqueta, el paquete de lo que hubiese comprado…” (César Simón, 1991: 55).

El artículo está lleno de anécdotas, como aquella en la que Simón cita el dandismo del escritor en los momentos más imprevisibles: “Cuando en el año tuvo que operarse, se presentó en el quirófano con una flor en el ojal del pijama. “Para estas ocasiones”, le comentó al doctor Duyos, señalando las violetas” (César Simón, 1991: 57).

Resulta más dramático el retrato que hace de su primo Juan cuando se trasladó éste de la calle Colón a la calle Martí: “En la calle de Martí, Juan comenzó a repetirse. Contaba reiteradamente las mismas anécdotas, expresaba las mismas opiniones. Había resumido su vida” (César Simón, 1991: 59).

Es importante recordar que el escritor abandonó la casa de la calle Colón a los sesenta y cinco años, lo que nos induce a pensar que se hallaba todavía con una gran capacidad intelectual.

Las páginas que nos cuenta César Simón nos relatan ya el dramatismo de la vida que no olvidó a Gil-Albert, para herirle como a tantos otros: “Había en su rostro de paralítico, y de víctima de la arteriosclerosis, dignidad, resignación oculta, muy entera, muy senequista” (César Simón, 1991: 59). Aquel estado deteriorado de salud vino tras la rotura de la cadera, a consecuencia de la debilidad de sus huesos.

La descripción que hace César Simón de Gil-Albert es muy notable y merece ser tenida en cuenta en este estudio: “Decía que Juan era un hombre de menuda estatura. Su cabeza era más bien braquicéfala, pero su rostro, relativamente alargado, incluso afilado. Podía enarcar mucho las cejas; su boca no resultaba ni ascética ni sensual” (César Simón, 1991: 61).

Pero es en las manos donde encuentra Simón el verdadero matiz de refinamiento y sensibilidad del admirado escritor: “Lo más notable suyo eran las manos, de las que siempre se enorgullecía y cuyo corte las atribuía él a las de su padre. Además de sensibles y bien dibujadas, estas manos le temblaban siempre un poco, cada vez más, con una especie de perlesía que alguien atribuyó equivocadamente al Parkinson” (César Simón, 1991: 61).

Termino esta magistral semblanza del escritor alicantino con una especie de cuadro, me refiero el que describe a Gil-Albert descansando en la playa de Las Arenas, tras su regreso de México. César Simón nos retrata al exquisito artista mirando al mar, como si de una pintura (arte tan apreciado por el escritor alicantino) se tratase: “Portaba en un pequeño maletín sus bártulos, extendía en la arena su gran toalla y leía o escribía, con la nariz protegida por la crema. De vez en cuando, se levantaba y contemplaba el mar y la gente, varia y transitoria” (César Simón, 1991: 62-63).

Concluyo así este repaso por la memoria de alguien que conoció muy bien al escritor. Su admiración y su sensibilidad al retratar todos los detalles que hacían tan singular su figura, le convierten en un tributo necesario para hacer hincapié en la singularidad de un hombre como Gil-Albert.

CONCLUSIÓN: GIL-ALBERT: A MODO DE SEMBLANZA

Lo más interesante de este artículo es la bella visión de un gran amigo y admirador del escritor alicantino. No hace mención de sus cualidades como prosista o poeta, sino que todo el artículo se centra en los detalles que permiten conocer mejor su importancia como ser humano.

Por ello, el estudio nos habla de su carácter, apacible, pero iracundo cuando algo le soliviantaba. Lo que para otros no hubiese producido tal enfado, sí fue motivo suficiente para él, como, por ejemplo, una discusión por el cine de un país u otro.

Pero también nos sirve este artículo para conocer mejor la singularidad del escritor como hombre exquisito y sensible. Nos cuenta anécdotas tan interesantes como la decisión de llevar una flor en el ojal ante una operación que tuvo que sufrir. Este hecho nos revela a un hombre que siempre es fiel a su sentido estético de la vida, en cualquier situación que tuviese que afrontar.

Defiende César Simón el carácter comprometido de la obra de Gil-Albert, frente a todos aquellos que en su juventud le vieron como un continuador más del modernismo.

No excluye en el artículo el dramatismo que pesó en vida del escritor, ya que empezó a mermar su capacidad intelectual tras el traslado a la calle de Martí, uniendo a ello los problemas que empezó a sufrir por la arteriosclerosis.

En resumen, nos ofrece César Simón los pequeños detalles que configuran la vida de cualquier hombre: su forma de vestir, su carácter, su forma de afrontar la enfermedad. La única diferencia reside en que el artículo nace de una gran admiración a una figura irrepetible de la literatura del siglo XX, un hombre que hizo de la belleza una de sus grandes actitudes ante la vida, huyendo, como dijo Simón, de cualquier vulgaridad.

Comentarios