La mejor poesía de los 60: “Las brasas”, de Francisco Brines

PEDRO GARCÍA CUETO

Resultado de imagen de las brasas brinesHay que preguntarse el porqué del título, Las brasas, lo que arde sin hacer llama, sea carbón o sea leña.

El título nos adentra en aquello que queda tras la reflexión de un hombre sobre su vida: su soledad impregna las páginas de este libro de poemas.

En 1960 surge este libro editado por Rialp en Madrid, volverá a ser editado por ediciones Hontanar en Valencia en 1971. Brines consigue en él destacar en una generación que se abre al mundo de la poesía: José Angel Valente, Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Angel González, J.M. Caballero Bonald y José Agustín Goytisolo entre otros.

Surge Brines y se despierta una poesía que lamenta la pérdida de lo hermoso de la vida, pero que no desdeña esa “intensidad vital” que el poema ha de tener. Recojo esa idea de Pedro Provencio en Poéticas españolas contemporáneas (Pedro Provencio- Poéticas españolas contemporáneas- Ed. Hiperión, 1ª edición. 1988), cuando señala que “Luis Antonio de Villena coincide con Francisco Brines en atenerse sobre todo a la intensidad vital”. Como vemos hay una corriente que surge de esta “generación de finales de los 50” y que llega a los llamados poetas “novísimos”: Villena, Luis Alberto de Cuenca, Guillermo Carnero, Antonio Colinas, Pere Gimferrer y Feliz Azúa entre otros.

Deteniéndome en Las brasas el poeta inventa un hombre que es su espejo y que va a dar lugar a poemas tan hermosos como el quinto que lleva como subtítulo “Poemas de la vida vieja” (Las brasas (Poemas de la vida vieja) recogido en su Poesía completa, Framcisco Brines- 1ª edición, septiembre 1997., recojo este fragmento: “El visitante me abrazó, de nuevo / era la juventud que regresaba, / y se sentó conmigo. Un cansancio / venía de su boca, sus cabellos / traían polvo del camino, débil / luz en los ojos”.

Hasta este punto vemos a dos personajes que expresan su ternura, uno joven y el otro desconocido, no sabemos nada de su edad. Pero al leer un poco más, se abren los ojos y el corazón para desvelarnos esa identificación entre los dos hombres en uno solo entregados al tiempo: “Se contaba a sí mismo las tristes cosas de su vida, casi / se repetía en él mi pobre vida”. Los adjetivos triste para “su vida” y “pobre” para “mi vida” nos señalan aún más ese encuentro en una misma persona.

Pero Brines consigue que ese espejo donde el hombre mayor se mira refleje las sombras que presagian la cercanía de la muerte, así lo dice: “Arropado en sombras lo miraba”, la llegada a la casa es una llegada sin retorno, punto final de la memoria, el epílogo de la vida.

El hombre joven se va y él queda solo, Brines necesita tan sólo el tiempo presente para hacer del paso de la vida su gran tema, lo que subyace detrás de las palabras, así dice: “Vela el sillón la luna, y en la sala / se ven brillar los astros. Es un hombre/ cansado de esperar, que tiene viejo / su torpe corazón, y que a los ojos / no le suben las lágrimas que siente”.

El tiempo presente indica esa diferencia temporal entre la “visión de sí mismo” en la juventud, ese “visitante” y la soledad que queda en un presente “cansado de esperar”, pero no todo es oscuro, nos llama la atención esa luna, reflejo de luz en un sillón y los astros que iluminan la sala. Queda entonces un atisbo triste, pero

vital, en un hombre que recuerda su pasado y que está esperando, casi con seguridad, la muerte.

He elegido este poema porque nos acerca a ese tema esencial que es el tiempo y que tanto aparece como leit-motiv en las sabias palabras del poeta.

Recojo, por ser tan esclarecedoras, las acertadas palabras de José Olivio Jiménez sobre la poesía de Paco Brines (José Olivio Jiménez- La poesía de Francisco Brines-Ed. Renacimiento-2001.

Concretamente, acerca de Las brasas: “Y hay en todos los poemas de Las brasas la misma preocupación porque las intuiciones, los sentimientos y las reflexiones que vayan surgiendo, aparezcan referidos a un ser humano que, pudiendo ser presumiblemente la propia voz del poeta, se nos presenta objetivado en la figura de otro hombre –un anciano- cuyas experiencias interiores se nos relata”.

Acierta tanto al decir que el hombre anciano es un espejo de ese mismo hombre joven que aparece para rememorar “como un espejismo” su pasado.

Y dice Olivio Jiménez algo muy interesante y que llama poderosamente la atención para entender a Brines: “Ese sujeto poético (en tercera persona) evita la desbordada efusión sentimental (romántica, al cabo) pues permite el logro de esa difícil distancia entre experiencia personal y verdad poética de validez universal”.

Como vemos, Brines no necesita la efusión sentimental porque en su poesía todo está escrito con serenidad, sin excesos.

Nos recuerda este primer libro, donde el hombre viejo aparece no retratado físicamente, sino “arropado en las sombras” a un poeta que tiene mucho que ver con ese deseo de Brines de expresar la tristeza a través del paso del tiempo: Antonio Machado.

En Machado se halla el tiempo, ese “vivir muriendo” que Brines sabe inexorable en su interior. Recojo el proverbio núm. XLIX de Proverbios y cantares donde el poeta dice lo siguiente: “Ya noto, al paso que me torno viejo / que en el inmenso espejo, / donde orgulloso me miraba un día, / era el azogue lo que yo ponía. / Al espejo del fondo de mi casa / una mano fatal / va rayendo el azogue, y todo pasa / por él como la luz por el cristal”.

Esa mano fatal, presagio de la muerte que hace rayar el azogue (ese mercurio que pasa, dejando de irradiar, como la luz por el cristal).

En Brines hay una clara influencia machadiana, en ese contemplar el tiempo con serenidad y tristeza, decía Machado: “voy caminando solo / triste, cansado, pensativo y viejo” en el

poema a las tierras de Soria y a Leonor Izquierdo, su inolvidable mujer. Para Brines nace el mismo (desde esa juventud en la que escribe) con esa presencia tangible de la vida que muere, en ese “dejar de ser” que toda vida es en su esencia.

Perdida la juventud, solo queda mirar en un espejo algún rasgo, alguna brasa de aquel momento de esplendor. Por ello, para Machado y para Brines, el espejo es símbolo de un tiempo que se va, se escapa como el humo.

En un nuevo libro aparecido recientemente José Luis Gómez Toré habla de lo elegíaco en Las brasas, refiriéndose al final del poema antes citado: “El corazón se ha quedado seco: la tristeza acompaña al sujeto poético hasta el punto que las lágrimas ya no tienen razón de ser”( José Luis Gómez Toré-La mirada elegíaca, Ed. Pre-Textos, 2002)

). Como vemos, habla de “sujeto poético” para entender ese “distanciamiento” que le interesó a Olivio Jiménez. Pero va más allá y dice: “Ese “dolorido sentir” como expresión de lo elegíaco necesita de cierta serenidad que puede indicar una

aceptación del dolor, pero sobre todo que el dolor, apagado pero constante, se ha quedado adherido a la pupila del yo lírico”.

Afrimo que consigue Gómez Toré decir algo importante, Brines acepta con serenidad el “paso del tiempo”, si en sus primeros poemas apenas vislumbra una “gran intensidad vital” ésta irá perfilándose de forma manifiesta en sus libros posteriores (sin olvidar los mundos de luz y conocimiento a los que me refería: la luna, los astros). Ese yo lírico que sirve para distanciarle del excesivo sentimentalismo es también el método ideal para crear un espejo, un interlocutor imaginario, ese otro yo que el poeta lleva consigo. Diríamos que la juventud y la vejez abren el mundo a dos seres, personas que son un mismo interlocutor, pero ya son distintas: la vida, la experiencia ha hecho mella sobre ellas.

Aparecen los balcones donde se mira el tiempo, el jardín como símbolo de la naturaleza, el bosque, los insectos, el viento, el sol, el mar, las flores, pero también el ámbito cerrado: la casa, el sillón, la sala, las tristes cosas, etc. Todo ello nos señala que se contraponen dos mundos: la naturaleza y la juventud que representa el ámbito exterior y la vejez y la cercanía de la muerte que representa el espacio interior, todo aquello que se apaga (la sala, la casa, el sillón).

También aparecen detalles físicos, pero no descripciones como ya dijimos, para dejarlo todo en sombras, como si fuesen apariciones: los ojos abiertos, el pecho que quema, el pecho descansando en las barbas, el pelo blanco y naturalmente los términos que se oponen: vida / muerte. Aparecen los momentos del día, se habla de “la tarde que entra en la casa y apaga la madera del balcón, su llama roja”. Todo ello hace que “se muere todo, pasa la luz, la flor, los sentimientos se marchitan, las fuerzas van perdiéndose”. Aparece la noche que “le detiene”, todo ello nos muestra que Brines enfrenta dos mundos: la vida (espacio exterior) y la muerte (la casa, el ámbito interior), ambos son símbolos del tiempo, lugares que abren su corazón o lo cierran a la vida.

En el poema tercero, dedicado a Abelardo Linares, el poeta dice: “Está en penumbra el cuarto, lo ha invadido / la inclinación del sol, las luces rojas / que en el cristal cambian el huerto, y alguien / que es un bulto de sombra está sentado”. Como vemos, las luces rojas son símbolo del ocaso, se trata del “acabamiento” y la penumbra del cuarto es presagio de la muerte hacia ese ser ya casi inerte, de ahí el apelativo “bulto de sombra.

En el poema el hombre repasa fotos (retratos de ciudad, mojados bosques de helechos, infinitas playas), y lo hace con “lentitud” ya que es un hombre anciano. El recuerdo, la nostalgia llega con él: “retornan / aquellas viejas vidas, los amigos / más jóvenes y amados, cierta muerta / mujer, y los parientes”. Hace el poeta de sus recuerdos algo más hermoso que aquello que vivió: “No repite los hechos como fueron, de otro modo / los piensa, más felices”.

Al final del poema señala la muerte y lo hace con serenidad, con la aceptación que va a ser una constante en su poesía: “Sin emoción la casa / se abandona, ya los rincones húmedos / con la flor del verdín, mustias las vides; / los libros amarillos”. Como vemos, todo señala el inexorable paso del tiempo: el verdín de la flor, lo mustio, el amarillo de las hojas. El poema termina con su muerte: “Nunca nadie / sabrá cuándo murió, la cerradura/ se irá cubriendo de un lejano polvo”. Con sencillez, con un lenguaje llano, el poeta expresa ese proceso de la vida y nos emociona, tan hondo y tan claro es su decir.

Para terminar, recojo otra impresión certera de ese “ocaso” al que me refería en el poema, de la mano de Dionisio Cañas en el estudio antes aludido “Poesía y percepción”, dice así: “En esta hora de confusión (el crepúsculo) para el ser, Brines

puede contemplar a la vez la hermosura del mundo y su miseria. Pero también se mira a sí mismo; y a ambos, su ser y el mundo, los ve amenazados por una honda sombra que los arroja al olvido”.

Muy certera esta idea, el mundo en su hermosura y su miseria, en la juventud y en la vejez. Y todo para llegar a la “sombra” donde los poemas de Las brasas acaban siempre, una estación sin retorno, un paso a nivel que solo conduce a la nada.

En la ventana, el balcón, en aquellos sitios donde pude evitar la presencia del otro, el “solitario” mira, así puede contemplar el ayer y sentir su ausencia y el dolor que ésta deja.

Es tan grande esa miseria que proyecta la vejez que le lleva a Brines a decir, magníficamente, en el primer poema de Las brasas lo siguiente: “En el pecho le descansan las barbas, sigue andando / sin luz. Todo lo deja muerto, negras / aves del cielo, caedizas hojas, / y cortada en el hielo queda el agua”.

Ese hombre “sin luz” lo arrasa todo, el paisaje, la fuente de la vida queda herida por su presencia inexorable y brutal, lleva este ser la estela de la muerte. El adjetivo negro lo señala y el agua, fuente de la vida se torna en hielo ante la presencia del hombre viejo.

Sostengo que la palabra de Brines es el mejor testimonio para cerrar este primer capítulo de su obra, por ello, recojo del libro de Pedro Provencio Poéticas españolas contemporáneas, una entrevista al poeta y su respuesta, la cual resume muy bien todo lo dicho anteriormente: “Soy un poeta, y lo excepcional es encontrar lo opuesto, que parte del dolor o de la melancolía, o de la queja que le concierne al hombre: o del asombro expectante. Y canta el mundo como un bien que se nos habrá de quitar. Más que cántico hay elegía”. Como vemos, Brines es un poeta elegíaco, canta aquello que se pierde, como dijo una vez el famoso poeta.

Para complementar esta visión de los opuestos, queda otra respuesta del poeta valenciano, muy hermosa, cuando se le preguntó por qué no aparecía el hombre indefenso ante la realidad de la vida y por qué su poesía es triste, Brines respondió con palabras muy esclarecedoras: “Hay muchos intereses principales de mi vida que se niegan a ser expresados; es una prueba más de la limitación humana. Hay días felices, los mejores en el recuerdo de la vida, en que están los ojos iluminados, y de los que sólo dará testimonio el aire que sopló en ellos, no la palabra. Y quizá uno ha agradecido vivir porque ellos existieron. Y lo mismo ocurre con ciertos dolores o fracasos”.

Esta primera obra poética (semilla de toda su poesía) abrirá otros cauces, que iré viendo en las siguientes obras del autor, donde se vislumbra el núcleo esencial que late en su visión del arte de escribir: recrear el tiempo y la dicha y el dolor que nos produce en su camino.

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